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Estamos insatisfechos de "cómo están las cosas", tanto social como personalmente. Nos enfrentamos
a crisis ambientales, políticas, económicas y de salud que están poniendo a prueba la existencia del planeta y la nuestra
propia como seres humanos. Nos damos cuenta de que el tabaco y el alcohol provocan los problemas de salud principales,
que un accidente contaminador extiende sus efectos a otros lugares del planeta, que los pesticidas con que se rocían las viñas
perjudican a los hijos de los agricultores y al consumidor, que la ayuda militar nunca es humanitaria y promueve la violación
de los derechos humanos, que la eliminación de los bosques tropicales altera la temperatura de todo el planeta y que los productos
químicos tóxicos vertidos en la parte alta del río envenenan a la gente que vive río abajo. Los denominamos problemas aislados,
reduciendo los rompecabezas completos a piezas separadas, ignorando las relaciones entre las partes. La sociedad actual venera
los nombres (las cosas en sí) y desprecia los verbos (los procesos). Actualmente la civilización intensifica cada vez
más su complejidad, nuestras vidas diarias están compartimentadas. Nos vemos obligados a mantener ocultas nuestras emociones
cuando estamos trabajando y desde niños se nos enseña a hacer callar a nuestros cuerpos. Nuestra vida espiritual es a menudo
relegada por la urgencia de la supervivencia económica. Aisladas del apoyo de la comunidad, las familias ya no llevan la casa
ni crían a los niños colectivamente. Muchos padres no viven en la misma casa que las madres, y gran parte de ellos no participa
en la vida de sus hijos. El significado de la familia y de comunidad se ha vuelto confuso, su envoltura frágil. Enseguida
nos dejamos conducir al conformismo, desalentados de trazar los mapas que puedan guiarnos hacia la búsqueda en colaboración
de un cambio fundamental. La educación se centra en enseñar a los niños a aceptar, a competir y a conformarse más que a cuestionar,
a colaborar, a inventar. Siendo jóvenes no aprendemos a buscar nuestra propia voz ni a poner a prueba el valor de lo que se
da por sentado. Al tener que escoger entre opciones alternativas mutuamente excluyentes, dividimos nuestro mundo en ganadores
y perdedores, amos y esclavos, superiores e inferiores, ricos y pobres. Tales divisiones jerárquicas se ven reforzadas por
una moralidad interesada. Escogemos entre lo que es bueno para mi mente o mi cuerpo, para mí o para ti, para mi negocio o
para el ambiente, para la seguridad de mi país o para la su, medios y fines se contradicen, pavoneándonos y maldiciendo para
defender lo que decretamos arbitrariamente como el lado correcto de este muro de papel de seda. En vez de honrar nuestras
diferencias étnicas y de género con el respeto mutuo, confundimos la igualdad de oportunidades con la homogeneidad, destruyendo
nuestra diversidad e imponiéndonos la banalidad de una monocultura de masas. Si defendemos la libertad como una integridad
en la relación, nuestro yo podría entenderse como relación, no como entidad singular, y la libertad existiría para nosotros,
no únicamente para mí. Cada vez es más claro que nuestro bienestar está ligado a unas condiciones de bienestar global:
Seremos sólo parcialmente libres si ignoramos o descuidamos la libertad de nuestra comunidad; nuestra libertad es incompleta
si nuestro privilegio depende de la privación o dominación de nuestros vecinos; sólo seremos parcialmente pacíficos si permitimos
que otros hagan la guerra en nuestro nombre; no podemos ser buenos padres mientras nuestros hijos no tengan la familia, el
alimento y los medios para desarrollarse; y sólo protegeremos a medias nuestro entorno mientras nos aprovechemos de una economía
mundial que destruye la Tierra. ¿Cómo vivir? Sólo en una sociedad donde las relaciones interpersonales sean horizontales,
donde la voluntad de uno no esté sometida a la de otro. Una sociedad en la que decidamos libremente aquello que queremos ser,
tengamos la posibilidad de serlo y nos podamos desarrollar como seres humanos, será una sociedad libre. Una sociedad donde
prime el interés común en lugar del beneficio y lucro personal. Donde no exista la propiedad privada, ni de los medios de
producción ni los personales, porque no sea necesario. En una sociedad donde no exista la explotación del hombre por el hombre
no podrá existir el enriquecimiento personal ni la diferencia de clase. Una sociedad en la que la economía busque la satisfacción
de las necesidades de la población en lugar del máximo beneficio particular vaciará de sentido la competencia y el mal uso
y abuso de los recursos naturales. En una sociedad donde la fuerza no sustituya a la razón dejará aún más sin sentido
la guerra y los ejércitos. Una sociedad solidaria no deja lugar a la esclavizante competencia. ¿Cómo llegar? Hoy podemos
empezar a construir esta sociedad en nuestras relaciones más cercanas. Asociándonos y organizándonos con nuestros afines,
con nuestros iguales tal y como queramos vivir mañana. Por la anarquía. Flor de loto
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